EL RÍO DE LAS RATAS

Publicado el 7 March 2008
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Ahora, ya sé, el río de las ratas es un plácido pasaje y espacio de tranquilidad. Entonces, cuando yo lo viví, por el contrario, rebosaba fantasía, lejanía y abandono. Todo ello ayudaba a considerarlo como un espacio propio y de juego. Encajonado entre las tapias, discurría paralelo a una estrecha senda comida por las ortigas y otras hierbas. Tras aquellas, huertas y jardines siempre cerrados. Las ratas yo no las vi nunca. Por él transitaban palos que eran barcos. Los lanzabas desde el puente de la entrada y aún tenías tiempo de llegar al único paso de piedra bajo y plano que comunicaba la senda con una de las huertas. Te colocabas, tumbado, sobre las losas y esperabas la llegada del bote salvavidas. Intentabas atraparlo. Una vez conseguido repetías. Corrías hasta el puente que traía el agua desde La Mantequilla y vuelta a empezar.

En otras ocasiones, el paso bajo de piedra estaba ocupado con tu propia madre o alguna otra mujer que aclaraba algunas sábanas. Aunque casi todas las casas ya tenían agua corriente, a veces se producían cortes y se recurría al método recién abandonado. En esos casos siempre podías jugar con las espigas de las hierbas que, salvajes, crecían a uno y otro lado de la senda de paso.

Rara vez no se acababa todo con el lanzamiento de piedras buscando puentes o simplemente salpicando. O en una pelea de las que habías visto en el cine.

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