FÁBRICAS QUE DEJARON DE SERLO

El auge económico en el que se desarrolla ahora la vida en Ezcaray no tiene mucho que ver con el ambiente deprimido que se respiraba entonces. Justo cuando yo contaba con cinco años mi padre quedó en el paro. La Unión cerró sin saber cómo, casi de la noche a la mañana y todos sus obreros se quedaron en la calle. Fueron años duros en los que mis padres pasaron bastantes estrecheces. Las modas se llevaron por delante la costumbre de cubrirse la cabeza y con ella miles de empleos. La Unión era una fábrica de boinas. Estaba y está en el camino del molino, a la salida del pueblo, a la derecha, justo enfrente del río. una importante chimenea de ladrillo la identifica. En todos mis recuerdos esta fábrica permanece cerrada. Con el tiempo unos se fueron a Alemania y otros, se recolocaron en “las mantas” de Cecilio Valgañon, en Imade, o en la fábrica de perchas de Victor Guerra, que entonces no era sino un bajo con máquinas, cerca del bar Ortega .

No me ocurre lo mismo con la llamada “Mantequilla”. Aún puedo ver aquella gran piscina circular llena de leche que los obreros no dejaban de remover. El suelo estaba lleno de agua y quienes allí trabajaban utilizaban botas de goma y delantales plastificados además de guantes. Por otra puerta lateral se entraba en las oficinas y en un pequeño despacho podías comprar, directamente, la famosa mantequilla envuelta en el típico papel blanco traslúcido. Con el cierre, La Mantequilla se convirtió en un enorme fantasma de cemento y de cristales rotos. Los cristales se fueron rompiendo por sí mismos y por los ensayos de puntería de los chiquillos que como yo no encontraban otra cosa mejor que hacer que lanzar piedras.

Renfe se llevó el tren también por esas fechas y el pueblo entero soñaba cada noche con un mañana mejor que no se sabía muy bien si vendría de la industria, de la ganadería, de la agricultura o del turismo. Ya está claro que el turismo lo arregló todo.

 

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