JUEGOS Y ESPACIOS

Publicado el 31 October 2007
Archivado en ESCUELAS, ESTACION, GLERA, JUEGOS, LUGARES, TENORIO, VERDURA | Salir del comentario

Cuando recuerdo mi infancia puedo darme cuenta de lo afortunado que fui. Toda ella se me llena de juegos. Pasan por mi mente diferentes épocas del año y en cada una aparece algún juego específico y sobre todo, si pienso en diferentes lugares de Ezcaray, entonces, veo, con nitidez, las situaciones allí vividas. Y en todos hay algún juego.

Entre el rumor del agua de las diferentes fuentes de la “Virgen de Allende”, la de la subida y la de la explanada, desde lo más profundo de la paz que las acompaña, me veo en un permanente juego del escondite.

Me acerco al pórtico de la iglesia y me veo en el “un dos tres y caraba bim bom ba”. Los rostros de aquellos con los que jugaba no puedo identificarlos, tan solo presuponerlos. Seguramente vecinos, compañeros de escuela o veraneantes de paso. El juego y la hilera de piedra que rodea la fachada de la iglesia están en mis recuerdos con nitidez.

Si pienso en el patio de las escuelas, que ahora es la sede del ayuntamiento y está totalmente remozado, los juegos que más se me manifiestan son el del “hinque” las canicas, y la trompa. Se ponían de moda por temporadas. Cuando se jugaba a la trompa la gracia estaba en llevar la del contrario, a golpes, hasta el cercano río de las ratas.

En la Glera, lo típico era intentar pescar alguna trucha que estuviese fogueando debajo de alguna piedra tal y como habíamos visto hacer a los mayores. Era eso, intentar, porque las truchas realmente eran muy rápidas y pocas veces caían en nuestras manos. También en el río en determinadas épocas solíamos tirar botes de carburo. Aún se vendía en las droguerías aunque ya casi no se usaba como combustible para las lámparas. Y también en la Glera de vez en cuando se organizaba alguna batalla de piedras entre unos barrios y otros. Fruto de una de ellas fue mi visita al oftalmólogo “Favón” de Logroño.

En la “Plaza de la Verdura” lo más habitual durante el verano era jugar a policías y ladrones hasta que se hacía bien de noche. La casa era la terraza del Novelti o la acera de Masip, otras veces también servía la fuente o la cochera de “el de Caracas” a quien llamábamos así por no saber su nombre y porque nunca hablábamos con él. También en esta plaza y según épocas del año jugábamos a la arrimadera o al cambio de cromos. La plaza de la verdura era el centro neurálgico de todos nuestros juegos aunque en muchas ocasiones se desplazaba al solar cercano de San Felipe en donde durante un tiempo estuvieron amontonadas las piedras de sillería que se recogieron al derribar la iglesia. Fue un milagro que entre ellas no nos ocurriese nada pues estábamos día y noche saltando de unas a otras y metiéndonos por los huecos que dejaban.

Si era invierno y había nevado entonces, la bajada de la iglesia era el mejor de los relisantes. Cogías carrerilla y te lanzabas por él, intentando aguantar lo más posible y no caerte.

El “un dos tres y carabá” tenía una alternativa en los soportales de doña Inés. Pero lo que más recuerdo de este lugar son las reuniones que en sus escaleras se hacían contando historias y secretos. Se nos pasaban las horas muertas, allí, sin movernos, habla que habla, o escucha que escucha.

A tenorio íbamos a jugar al frontón, rara vez al fútbol. El saúco era perfecto también para el escondite gracias a sus bancos, setos, árboles, …

En la estación nos hacíamos llaves a partir de algunos alambres a los que dábamos diferentes formas. Los colocábamos en los raíles de las vías del tren y cuando éste pasaba, nos dejaba una llaves recién fabricadas.

En las eras hicimos alguna merienda y allí cayó el primer pitillo. Su apartamiento se prestaba a ello. ¡Qué lugares, qué tiempos!

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